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  • Diario Digital | viernes, 06 de diciembre de 2019
  • Actualizado 21:10

‘El viento es salvaje’ revive la tragedia griega impregnada de comedia y simbolismo mágico

Recrear la tragedia clásica en el mismo escenario donde se cerró por última vez el telón hace dos mil años tiene algo de mágico, de telúrico, de misterioso. Meterle por medio el humor gaditano, la lógica narrativa moderna y la genialidad creadora de Ana López Segovia es hacer un compendio que hace que se pierdan las referencias.

El viento es salvaje/ Carmen Monfillo
El viento es salvaje/ Carmen Monfillo
‘El viento es salvaje’ revive la tragedia griega impregnada de comedia y simbolismo mágico

Recrear la tragedia clásica en el mismo escenario donde se cerró por última vez el telón hace dos mil años tiene algo de mágico, de telúrico, de misterioso. Meterle por medio el humor gaditano, la lógica narrativa moderna y la genialidad creadora de Ana López Segovia es hacer un compendio que hace que se pierdan las referencias, los sentidos, las conexiones, y que el espectáculo acabe siendo una especie de catarsis para el espectador, que ya no necesita enjuiciar ni comprender, sino sólo dejarse atrapar.

‘El Viento es Salvaje’ ofrece desde este miércoles y hasta el sábado esa experiencia en el irrepetible marco del teatro romano de Baelo Claudia. La chirigota de las niñas, las chirigóticas, las niñas de Cádiz… como quiera que se las quiera identificar. Esas cuatro actrices que aparecen en escena con una estampa de gag andaluz que hace pensar en los estereotipos más machacados y vulgarizados en esta tierra, pero que desde el principio te sacan del error para llevarte a un hilado y refinado gusto narrativo.

Y un trasfondo latente, de una sutileza intelectual, que hace que tras la cotidianeidad y el costumbrismo de la escena de las gaditanas se esconda toda la profundidad y la herida de la tragedia de los poetas griegos. Sentarse en esa colosal ruina de los tiempos, sobre sus mismas piedras, bajo la misma luna tarifeña, al coro sonoro de las mismas olas milenarias, y reconocer entre risa y risa contemporánea el eco, la evocación y el viaje a los mismos mitos salidos de la pluma de Eurípides, cuyas obras provocarían también la risa y el recogimiento de aquellos tarifeños romanos de Baelo.

Las cuatro actrices meten desde el principio al espectador en una historia fácil, simpática, llevadera. La historia de dos amigas que se tiene como hermanas, y que atraviesan sus vidas de la mano entre la buena y extraordinaria suerte de Vero y la retorcida e hilarante mala suerte de Mariola. Una primera mitad que nada hace presagiar acerca de la profundidad teatral de la obra, pero que cumple a la perfección su misión de atrapar al espectador y no soltarlo.

Un curso narrativo en el que Ana López Segovia (directora, guionista y una de las cuatro actrices de la obra) sabe introducir a la perfección el sonido, el ritmo y el giro sencillo y complicadísimo del cuarteto y el romancero carnavalesco gaditano. Entre rima y rima, la obra va destilando cuartetas, pareados y hasta sonetos, en los que se besan la tradición poética clásica con la rima teatral del Carnaval gaditano.

La historia avanza con la sucesión de imposibles desgracias de Mariola. Historia, métrica, fuerza interpretativa y humor, mucho sentido del humor, como no podía esperarse menos de las cuatro gaditanas.

Sin embargo, en el trasfondo, elementos que hacen intuir la fuerza de su simbolismo. La historia de una mala suerte muy ligada a los presagios, al sonido del afilador, a la voz del pueblo como un coro de trotaconventos y, sobre todo, al viento y el calor, presentes en la obra en todo momento como un elemento canalizador del destino trágico.

Y, como punto de inflexión, el enfrentamiento a los designios divinos, la rivalidad entre los mortales y los dioses, denominador común de las tragedias clásicas, que aparece en la obra en un arrebato de furia de la amiga afortunada. Punto de inflexión que conduce a un giro narrativo en la vida de ambas amigas, que permite a la obra recrear los mitos clásicos de Eurípides, los de Fedra y Medea: Fedra, esposa del rey de Atenas Teseo, enamorada de su hijastro, que la rechaza; y Medea, maga, princesa de Cólquide, que es abandonada por su esposa Jasón, a quien tanto había ayudado, que la deja en el mayor desamparo.

Pero la metáfora y la evocación está hecha con tal sutileza, que no pretende meter al espectador en grandes interpretaciones. Simplemente, recrea, trae el presente, y hace vigente el fondo de las tragedias de Eurípides, el de las pasiones incontrolables, el del devenir imprevisible desde el amor hasta la muerte, el de la lucha contra los designios divinos y, sobre todo, el de los presagios del destino, con el viento y el calor del verano como destellos de la tragedia.

Al término de la obra, ovación de gala para las cuatro gaditanas. Comedia, belleza y trasfondo de tragedia griega. Una obra genialmente sencilla interpretada de forma impecable por cuatro mujeres, capaz de cautivar desde el minuto uno a los espectadores, de la misma forma que los actores romanos hicieron en ese mismo escenario, bajo esa misma luna, con los mismos mitos de Eurípides…

Claro, que en aquella época no se admitía que las mujeres subieran a las tablas. Eso que se perdieron…